México intoxicado (1870 a 1920)

Ricardo Pérez Montfort

"México intoxicado (1870 a 1920)", Ricardo Pérez Monfort, en Addictus, año 1, núm. 5, México, marzo-abril de 1995, pp. 21-27.

Cannabis o la hierba de la cucaracha

La mariguana claramente formaba parte de lo que hemos llamado productos naturales. A este grupo pertenecían otros miembros de la rica herbolaria nacional: desde el peyote hasta el toloache, desde el teonanácatl (hongos) hasta las semillas de la virgen. Estos productos contrastaban con las llamadas drogas químicas que por lo general se asociaban a otros grupos o estratos sociales. Mientras las primeras formaban fundamentalmente parte del mundo popular, y particularmente de las culturas indígenas del país, las segundas habitaban el espacio de la medicina y la farmacéutica o de la bohemia aristocrática.

En la medida en que la sociedad mexicana se acercaba al fin de siglo, estos dos mundos —el popular y el cosmopolita—, que mantenían concepciones diametralmente opuestas sobre las sustancias que los alejaban del dolor y las preocupaciones mundanas, recibieron los embates de la tendencia que pretendió limitar su uso y circulación. Unificadas bajo un contradictorio signo de rechazo tanto estatal como social, las acciones en contra de estas sustancias empezaron a ganar terreno. Tanto con las drogas naturales como con las químicas, la condena llegaría hasta el extremo de declararlas ilegales.

Las tendencias y presiones internacionales se combinaron con los procesos que reformularon la relación gobierno y sociedad en materia de salud. La paulatina delimitación de las responsabilidades estatales fue afectando lo que tendería a ser una complicada interpretación de la voluntad social en materia de sustancias prohibidas. Sensiblemente manipulada en función de intereses económicos particulares, esta interpretación se adecuó a los propósitos, las componendas y a los afanes de supervivencia de los gobiernos posrevolucionarios. La élite política de esta era de caudillos sentó las bases de la relación contemporánea del gobierno con las drogas bajo los designios de una doble moral, heredera de la moral burguesa porfiriana.

Por un lado parecía ejercer un férreo control sobre la circulación, producción y consumo de enervantes, tanto químicos como naturales, pero, por otro, el mismo gobierno se convirtió en defensor de la continuidad e incluso de la impunidad de quienes hicieron pingües negocios con estas sustancias prohibidas.1[Nota 1] La producción, el tráfico y el consumo de drogas dejaría de ser un asunto de reflexión pública, para ser un coto reservado, tras la máscara del rechazo social generalizado. Desde la misma Secretaría de Salud hasta las ventas domiciliarias levemente encubiertas, la relación sociedad-drogas entraría en una zona clandestina.

Si bien durante los años setenta y ochenta del siglo XIX la relación entre las drogas y la sociedad se enfocaba principalmente de forma individual entre pacientes y criminales, a fines de aquel siglo y durante los inicios del presente, tanto las llamadas drogas naturales como las químicas, fueron adquiriendo una connotación de elementos altamente nocivos para la sociedad en su conjunto.

Entre 1870 y 1920 los lectores de "revistas sociales y de entretenimiento" o los asistentes a las actividades sociales de la capital —tanto las populares como las aristocráticas— pudieron percibir diversas versiones un tanto más mundanas sobre el asunto de lo que para entonces ya también era conocido como el "fenómeno de los narcóticos". Los boticarios y los galenos, por su parte, recibían noticias más especializadas, que no por ello dejaban de plantear posiciones contradictorias. La actitud social estaba todavía muy lejos de responder a una sola versión intolerante sobre estas sustancias.

Si bien existía un significado un tanto aséptico de la palabra droga, éste fue cambiando y matizando sus contenidos en función del estrato social que la pronunciaba. Para la mayor parte de la sociedad mexicana de mediados del siglo XIX, por ejemplo, dicha palabra no parecía tener implicantes ofensivos, mucho menos negativos. Droga podía significar lo mismo que medicina o remedio, sin mayor connotación peyorativa y sin demasiadas restricciones en su producción, comercialización y consumo.2 [Nota 2]El control gubernamental y la inspección de expendios de drogas y medicinas tuvo un primer intento de implantación hacia 1846. La promulgación de un reglamento sobre boticas, almacenes y fábricas de drogas en aquel año respondía a las necesidades de normar las actividades comerciales de la ciudad de México en un momento de gran inestabilidad política.

Fue hasta 1870 cuando nuevamente se pretendieron establecer algunas limitaciones en el uso y la venta de algunas sustancias consideradas nocivas para la salud pública. Entre estas sustancias se llegaron a mencionar -como drogas- el láudano, la adormidera, la mariguana y el toloache. La restricción establecida en torno suyo se limitó a la necesidad de expenderse preferentemente con previas recetas médicas o con autorizaciones de corte administrativo.

El invento de la receta

En 1878 se aprobó un reglamento más sobre boticas y droguerías en la ciudad de México. Este reglamento, que debía ser modelo para otras entidades del país, no especificaba sanción alguna a quien vendiera lo que ya entonces se llamaba "medicamentos peligrosos".3[Nota 3] Seis años después, en 1884, el Consejo Superior de Salubridad, establecido en pleno ascenso porfiriano, elaboró otro proyecto de reglamento que hablaba de la necesidad de regular la venta y circulación de "tóxicos y sustancias peligrosas". En dicho proyecto se puntualizaba un poco más sobre cuáles eran esas sustancias. Se trataba de "...el beleño, la belladona, el cuernecillo de centeno, la mariguana, el opio y el zoapatli..." Sin embargo, y a pesar de "...insistir en la necesidad de rodear esas ventas de alguna formalidad..." puesto que se trataba "...de armas terribles que podían caer fácilmente en manos criminales..." la limitación de su consumo y comercio no parecía ser muy rígida. Sólo se volvía a insistir en que dichas sustancias debían expenderse en farmacias o droguerías y su venta requería de una receta médica. Específicamente la mariguana sólo se mencionaba dos veces, entre una larga lista de productos de movimiento limitado: la primera como parte de las sustancias "que sólo podrán venderse por prescripción de un facultativo" y la segunda como parte de "los productos que los herbolarios sólo podrán vender a los farmacéuticos".4[Nota 4]

A simple vista, la distancia entre este supuesto control legal y los consumidores parecía bastante dilatada. Varias referencias literarias y hemerográficas indican que hasta por lo menos la tercera década del siglo XX era posible el acceso, con bastante facilidad, a cualquier sustancia considerada hoy en día como droga. En boticas, mercados y uno que otro establecimiento semiclandestino la circulación de dichas sustancias se hacía sin mayores restricciones. La venta y el consumo de toda clase de enervantes y compuestos químicos, desde la mariguana hasta los clorhidratos de morfina, no parecían tener mayor control estatal. Esto sucedió por lo menos hasta fines de la década de los años veinte y principios de los treinta del presente siglo.5[Nota 5] En diversas ocasiones -e incluso mediante decretos presidenciales- se prohibió su producción, comercio y consumo.6[Nota 6] Y aun cuando existieron limitaciones bastante más específicas en torno a varias sustancias desde por lo menos 1903, no fue sino hasta mucho tiempo después cuando se estableció una acción estatal más decidida en su contra.7[Nota 7]

Hacia los años setenta del siglo XIX mexicano varias de las hoy llamadas drogas eran vistas con cierta familiaridad por la sociedad citadina. Algunas incluso parecían gozar de un consumo bastante generalizado. La falta de una figura jurídica específica que prohibiera su libre circulación y consumo, hacía posible su incontrolada producción y su irrestricta distribución.

No hay duda de que al asociar su consumo con la embriaguez, estas sustancias recibían un rechazo social al parecer unánime. Pero, por otra parte, no había mayor empacho en considerarlas como remedios eficaces contra múltiples enfermedades. Lo cierto es que no parecía haber mucha necesidad de rechazarlas o reivindicarlas.

Lo reiterado de la historia

Cuando surgieron las primeras iniciativas para controlar el comercio y el consumo de alguno de los enervantes más populares como la mariguana o el toloache, las autoridades federales no mostraron demasiada preocupación por el asunto. Lo que más llamaba la atención de los exégetas de la moral burguesa decimonónica era más bien el alcohol. Los resultados de su consumo estaban íntimamente vinculados al desorden social. La condena social generalizada hacia las drogas todavía estaba lejos de establecerse.

A mediados del siglo pasado, en 1855, por ejemplo, el último de los gobiernos de Antonio de Santa Anna se resistió a prohibir el cultivo, la venta y el consumo de mariguana, ante la iniciativa del intolerante y conflictivo gobernador de Colima, Francisco Ponce de León. El pacto federal permitió que dicho gobernador estableciera esa prohibición dentro de los límites de su jurisdicción. Pero el presidente Santa Anna se negó a aceptar dicha medida para todo el territorio nacional.8[Nota 8] Curiosamente la lírica popular también hizo unas primeras menciones a la mariguana asociándola con Su Alteza Serenísima al cantar:

Suni suni, cantaba la rana
y echaba las coplas de la mariguana.
Mariguana tuvo un hijito
y le pusieron San Expedito,
como era abogado de los de Santa Anna,
por esa sazón de la mariguana.
Mariguana, ya no puedo
ni levantar la cabeza
con los ojos retecolorados
y la boca reseca, reseca.9[Nota 9]

Cuatro lustros después de la era santanista la mariguana parecía seguir circulando sin restricciones por los atormentados caminos de México. En 1876, por ejemplo, un catálogo de drogas indígenas presentado en la Sociedad Mexicana de Historia Natural por el doctor Alfonso Herrera incluía la siguiente referencia a la yerba eventualmente proscrita:

Cannabis indica, L. Mariguana. Vive en las regiones templadas de la República. Bastante conocida esta planta por sus propiedades fisiológicas. En México no se le dan más aplicaciones que las conocidas. Precio del kilo: 50 centavos10[Nota 10]

Con la expresión bastante conocida se pasaba por encima del rechazo social que esa sustancia recibiría en el futuro.

Otras fuentes de corte literario y un tanto más tempranas también identificaban a la mariguana como una yerba más entre quienes "... creen en la eficacia de las colecciones de curanderos".11[Nota 11] En los ambientes de evasión popular —tendajones, cantinas y mesones—el consumo de mariguana paseaba acompañando al pulque y al bailoteo. No parecía faltar en las correrías de los San Lunes obligados que atestiguan algunos pasajes costumbristas de Manuel Payno y Guillermo Prieto.12[Nota 12] Aunque justo es decir que su presencia era bastante más discreta frente al pulque y al vino que tanto abundaban en las piqueras urbanas de mediados del siglo XIX.

Mariguana entre soldados

En la medida que se acercaba el fin de siglo, el consumo de la mariguana estrechó su asociación con el mundo delincuencial y con los soldados rasos. En los últimos 15 años del siglo pasado fue quedando cada vez más claro que los "... efectos de la yerba..." conducían al comportamiento antisocial, pero también que se encontraba muy ligada a determinados espacios sociales. Una revisión general de la prensa periódica de la época mostró que las referencias sobre la mariguana asociada con algunas conductas delictivas aumentaban considerablemente en la medida que se alcanzaba el fin de siglo. Poco a poco se definía una mayor presencia social de dicha yerba, generalmente ubicada entre las filas del ejército federal y en los presidios civiles y militares. De igual manera, a fines del siglo pasado se incrementaron los recursos morales y científicos que justificaban la condena generalizada hacia el consumo popular de la mariguana y por consiguiente al uso embriagante de otras sustancias no etílicas. El rechazo de la opinión pública hacia este tipo de embriaguez se intensificó hacia finales del siglo pasado y principios del actual, dejando claro que ésta se convertía rápidamente en una amenaza contra las buenas costumbres.

En septiembre de 1882, por ejemplo, la prensa festejaba la captura del ladrón y asaltante Bernardo Fernández, alias el Mariguano.13[Nota 13] Se le acusaba de haber robado a un extranjero que residía en la conflictiva villa de Tacubaya. Y 12 años después, en julio de 1894, esa yerba fue el factor determinante de un sonado escándalo protagonizado por un famoso reo de nombre Alberto Guttman.14[Nota 14] La diferencia entre estas dos referencias hemerográficas que asociaban la droga con algún crimen, muestra un cambio importante en los criterios urbanos y clasemedieros. Mientras la primera crónica denostaba al criminal por ladrón y asaltante, no por mariguano,la segunda asociaba directamente "... la excitación que produce ese poderoso narcótico..." con los delitos perpetrados por el publicitado y atrabiliario prisionero.

A partir de 1885 una gran cantidad de referencias hemerográficas relacionadas directa o indirectamente con la mariguana identificaron dicha yerba —junto con el alcohol— como la "plaga de los presidios" o el "azote de nuestras tropas". Llama la atención, sin embargo, que en muchos documentos oficiales de las penitenciarías del Ayuntamiento de la ciudad de México, escritos bastante tiempo después de 1910, se refieran a los prisioneros consumidores de mariguana con una apreciación mucho menos ofensiva que hacia aquellos aficionados a la vagancia o el raterismo. La venta o el consumo mismo del alcohol dentro de los reclusorios recibió una condena de mayor envergadura que la distribución y la afición de los mariguanos.15[Nota 15]

Cárcel enviciadora

Entre ese año de 1895 y 1910 la mayoría de las referencias hemerográficas sobre la mariguana se relacionaban con el mundo carcelario. Son incontables las notas que narran cómo se pretendía introducir mariguana y alcohol en la cárcel de Belén: en materiales de construcción, en tripas, en cigarros hechizos, y desde luego por medio de los mismos guardias. Tal cantidad de notas periodísticas demuestran un flujo prácticamente ininterrumpido de mariguana desde el exterior hacia el interior de las cárceles. Como botón de muestra se pueden citar un par de notas en El Imparcial de mayo de 1898 en las que, después de narrar la manera en que se introducía alcohol y mariguana en la cárcel de Belén, el diario felicitaba a las autoridades penitenciarias por haber promovido la idea de abrir un taller interno de fabricación de cigarros, evitando "que a los presos se les proporcionen cigarros con mariguana, puesto que una vez que el taller pueda por sí solo dar abasto al consumo de la cárcel, se prohibirá que se introduzcan cigarros de la calle".16[Nota 16]

Si bien no es posible todavía establecer una fecha exacta, es notable cómo a partir de los últimos años del siglo XIX y desde los primeros del XX, la criminalidad y la mariguana se empiezan a asociar con más ímpetu a las aficiones de los sectores más populares de la sociedad. Así lo comenta un artículo de 1898 de El Imparcial:

La mariguana, nefanda yerba, funesta como una Lucrecia Borgia, tentadora diabólica, de efectos más intensos que el alcohol, veneno consumido clandestinamente por proletarios que creen realizar su paraíso en el infierno de imulsiones que la droga terrible les produce... Terminantes disposiciones se dictaron, comprendiendo que en ninguna parte las consecuencias de tales vicios son tan terribles como en esas multitudes donde todos los instintos se mezclan...17[Nota 17]

Y la presencia de la mariguana en la cárcel se evidencia en esta otra nota de 1908 cuyo encabezado es ya de por sí elocuente: "La mariguana sube. En la cárcel alcanza precios fabulosos".

El contenido afirmaba que debido a la estricta vigilancia que se hacía en la cárcel de Belén, el cigarro de mariguana había subido de cinco centavos a un peso. Decía por ejemplo:

En otras épocas no muy lejanas por cierto el interior de la cárcel fue mercado especialista para la venta de mariguana, y por más que se castigaba severamente a los vendedores y compradores, cuando llegaba a descubrírseles, la yerba no faltaba en los bolsillos de los presos...18[Nota 18]

Mariguana y Revolución

Sobre la presencia de la mariguana en la cárcel y sus alrededores durante el periodo revolucionario es difícil hacer aseveraciones con mucha precisión todavía, dada la falta de documentos estadísticos. Sin embargo, es posible suponer que no sólo se mantuvo sino que quizás se intensificó su circulación. Esto surge a partir del siguiente dato: tan sólo entre mayo y diciembre de 1918 la Inspección General del Distrito Federal consignó a 48 individuos que trataban de contrabandear mariguana al interior de la penitenciaría de Lecumberri.19[Nota 19]

Durante los años que transcurren de 1910 a 1920, ejemplos y documentos que hablen de la mariguana en el interior de las cárceles civiles y militares, hay miles. Aquí sólo basta transcribir una carta fechada en agosto de 1914 dirigida a quien el remitente llama Presidente Constitucional:

Señor de mi respeto: por medio de mis mal trazadas líneas le doy a usted a saber lo que pasa en la penitenciaría con el celador Miguel Salas; dicho celador en lugar de conocer cuáles son sus obligaciones anda deshonrando al nuevo gobierno, diciendo en la prisión que es usted un desgraciado, que es mariguano... No se ocupa más que en meter alcohol y mariguana a la prisión... en Ud. espero se haga justicia...20[Nota 20]

Y llama la atención que en el mismo medio penitenciario no parecía haber una actitud demasiado ofensiva de parte de los diversos gobiernos revolucionarios contra los consumidores y comerciantes de la mariguana. Varias noticias publicadas entre 1914 y 1917 permiten inferir que el tráfico y venta de mariguana en la penitenciaría del Distrito Federal no sólo era una práctica muy común, sino que la misma se hacía con la venia de las autoridades y la participación de los mismos celadores. El Universal del 17 de agosto de 1917, al respecto denuncia sin mayor limitación: "Se permitía la entrada de la mariguana a la penitenciaría" y describía la manera en que los celadores formaban parte de un negocio cuya promoción no suponía una transgresión demasiado preocupante para las autoridades revolucionarias.21[Nota 21] Durante el año de 1918, por ejemplo, la máxima pena que impusieron las autoridades de la ciudad de México a quienes se sorprendía tratando de introducir mariguana a las cárceles fue de 15 días de arresto o 10 pesos de multa.22[Nota 22] Y a pesar de que para esos años la condena social hacia la embriaguez producida por el consumo de mariguana ya era más o menos generalizada y se exponía constantemente en los espacios de la opinión pública, la venta callejera de la yerba no parecía tener más restricción que el pago de 10 pesos anuales a la Tesorería Municipal.23[Nota 23]

En cuanto a la mariguana y a los ambientes militares es notable que antes de 1910 no hubiese una reprobación tan generalizada a su consumo entre la tropa. Las referencias son contadas y más parece asociarse con una enfermedad que con un vicio. En una Gaceta Médico-Militar de 1892, por ejemplo, el doctor Daniel García intentó describir las enfermedades que simulaba el soldado mexicano. Entre ellas hacía referencia directa a la intoxicación con alcohol o mariguana como un padecimiento físico más que como una actividad moralmente condenable. El doctor García afirmaba:

Yo tengo la creencia, naturalmente con las debidas reservas, que cuando un individuo adulto, vigoroso, bien constituido y sin antecedentes morbosos, se cansa en medio de una marcha moderada e higiénica; se obstina en no continuar y a su capricho une locuacidad, palabras de desesperación y ofensivas y hasta olvida la autoridad de sus superiores; y revela en su semblante, en su mirada, la lucha entre las más encontradas pasiones, ha fumado mariguana o ha hecho fuertes libaciones de alcohol. De lo último es fácil cerciorarse; el olor del aliento es una prueba inequívoca; de lo primero sólo la observación ulterior podrá denunciarlo, pero de cualquier modo, debe transportarse al individuo como a un verdadero enfermo, y lo es en realidad, porque su cerebro está excitado por el tóxico...24[Nota 24]

Es indudable que durante el movimiento armado de l9l0-1920, la mariguana formó parte de los ambientes cotidianos tanto entre militares federales como entre irregulares. Así pueden testificarlo muchos documentos de aquella época. Desde referencias hemerográficas hasta documentos de cuarteles y partes militares.

Pero en donde mejor se atisba la presencia de la yerba en ese medio es en las crónicas y los ecos literarios de sus contendientes. Por ejemplo, la pluma de Francisco L. Urquizo revive elocuentemente el olor a tortilla tostada en medio de lo que llamó la Tropa vieja de los años revolucionarios. En labios de Otamendi, un soldado ex periodista, el general Urquizo dio lugar a las siguientes frases evocadoras de una embriaguez con mariguana en plena campaña antiorozquista:

¡Yerbita libertaria! Consuelo del agobiado, del triste y del afligido. Has de ser pariente de la muerte cuando tienes el don de hacer olvidar las miserias de la vida, la tiranía del cuerpo y el malestar del alma... Sacudes la pesadez del tiempo; haces volar y soñar en lo que puede ser el bien supremo. Eres consuelo del infeliz encarcelado; bálsamo del corazón y de las ideas. Humo blanco que se eleva como la ilusión, música del corazón que canta la canción de la vida del hombre inmensamente libre. ¡Yerbita santa que crea Dios en los campos para alimentar a las almas y elevarlas hasta él!...25[Nota 25]

El general Urquizo presentía la dimensión ritual y mística de quien buscaba la evasión de una realidad violenta entre los efectos de la mariguana. Él mismo reconoció que la borrachera con mariguana era castigada medianamente por las autoridades porfirianas, maderistas, huertistas y carrancistas. Pero es de llamar la atención que dicho autor no la condenaba como recurso para olvidar el presente agresivo. Su testimonio afirmaba la relación del ejército con la mariguana; relación que hasta la fecha parece mostrar diversas continuidades y matices. El mismo novelista anotaba que hasta las criaturas de pecho en brazos de las soldaderas intervenían para hacer llegar a la indolente tropa aquel recurso de evasión tan popular como la misma base social de esos ejercicios contendientes durante los años revolucionarios.

Otra referencia interesante de la mariguana en los ambientes militares proviene de la lírica popular o del folclore de soldados, como la llamaría Vicente T. Mendoza. Los famosos versos de la "Cucaracha" hacen referencia directa a la yerba, como lo hace la siguiente canción consignada por el mismo Mendoza:

Mariguano estoy que no puedo ni levantar la cabeza con los ojos colorados y la boca seca, seca. Seca, seca, seca, la boca boca, boca, boca la seca. Ahí viene el diablo mayor con sus veinticinco hermanos y dice que se va a llevar a todos los mariguanos. Por aquí pasaba tuf-tuf la mariguanita se las aventaba con Doña Juanita. Éste es un grifo que me estoy confeccionando para invitar a mis amigos (para ir fumando)...26[Nota 28]

Por otra parte, son varias las referencias que asocian la mariguana con estratos mucho más encumbrados de los ejércitos federal y revolucionario. En diversas ocasiones, sobre todo después de 1914, se insistió en que el mismísimo general Victoriano Huerta, protagonista central del cuartelazo de 1913 y posterior presidente usurpador, era un asiduo consumidor de mariguana. Si bien entonces se le colgaba tal afición como uno más de los innumerables sanbenitos que rodearon su figura después de su malograda gestión presidencial, no cabe duda que la identificación ejército federal-mariguana encontraba en Huerta un ejemplo inequívoco. Esta identificación, entreverada con la afición huertista por el alcohol, fue ironizada en septiembre de 1914 —luego de su renuncia— en el periódico Los Sucesos:

¡Pobre Huerta! el agua surca y aunque la mar va tranquila le hace efecto de una turca, de una turca de tequila. Un calor como de fragua le sofoca diariamente y se pone a tomar agua pero aquella es de aguardiente. Sólo puede en la mañana darse un pobre gusto que es el fumar su mariguana y ponerse a dar las tres...27[Nota 27]

El consumo de mariguana entre las filas del ejército revolucionario parecía tan generalizado que en un informe presentado en el VI Congreso Médico Nacional, llevado a cabo en Toluca en 1920, los responsables del mismo parecían ver dichas aficiones de la tropa prácticamente como una epidemia. Los doctores Nieto y Ramírez basaban su trabajo en observaciones realizadas en las milicias entre 1915 y 1920 y en informes clínicos del Manicomio General entre 1910 y 1919. Después de describir los síntomas generales de la embriaguez con mariguana y de llamar la atención sobre las dimensiones del problema, proponían algunas vías para su erradicación. Planteaban que:

es un hecho de observación que la yerba es llevada a cuarteles, hospitales y prisiones por los soldados mismos al regresar al cuartel o al hospital, por sus familiares aprovechando permisos para la introducción de alimentos, por vendedores ambulantes que de modo ostensible comercian con cigarros vulgares pero que subrepticiamente venden cigarros de mariguana, y finalmente, por la guardia misma durante el servicio en la puerta de hospitales y prisiones... (incluso) en el jardín del Hospital Militar algunos soldados cultivan mariguana ocultamente y en pequeña escala...

Siendo tan generalizado el consumo de dicha yerba en el ejército, no quedaba otra, según estos galenos, más que "emprender contra la mariguana una campaña semejante a la antialcohólica" por vía de conferencias y prohibiciones más efectivas.28[Nota 28] Éstas no tardarían en aparecer.

Epílogo

Las transformaciones que sufrió esta conciencia de pretensión cosmopolita sobre las drogas corrió a la par de la implantación de los principios liberales y la moralidad burguesa decimonónica que se siguió de largo hasta bien entrado el siglo XX. La idea general sobre estas sustancias que alteraban el juicio navegó entre la negación de cualquier conocimiento ajeno a la diosa del momento —la ciencia— y la fobia declarada hacia aquello que pretendiera romper los moldes de la evolución civilizatoria. Ésta última justificaba la necesidad de un control individual regulado por el Estado frente a las disposiciones masivas hacia el placer y a la evasión del sufrimiento causado por la miseria. Y dado que el Estado no era capaz de ejercer este control de manera eficiente, la tendencia sería a la inducción de una condena generalizada con el fin de que la sociedad misma tomara en sus manos dicho control. Para los afanes constructivos del Estado moderno, quedaba clara la reducida cantidad y la ruinosa calidad de los encargados de ejercer ese control sobre los distintos sectores sociales. La policía y el ejército no parecían gozar de la confianza de las autoridades sanitarias ni de la sociedad en pleno. De ahí que la táctica del control social resultó mucho más viable. Al satanizar las conductas desviadas de los individuos se intentaba depositar en la sociedad misma sus propios mecanismos de regulación. Aunque, a decir verdad, en esta misma satanización se provocaba la curiosidad y la creación de espacios alternativos, clandestinos o medianamente permisivos en donde se pudiera disfrutar de lo prohibido.

Por su parte, las sustancias que eventualmente serían identificadas con el nombre genérico de drogas curiosamente quedaron en un lugar intermedio. La sociedad mexicana de fines del siglo pasado y de principios del presente las elogió y las deturpó. Las asoció con los avances de la ciencia y la delincuencia. Las identificó como algo valioso —el bien—y como algo denigrante —el mal—. Intentó establecer un control sobre su existencia pero a la vez no tuvo los elementos para limitar su circulación, producción y consumo. Y finalmente, después de recibir las indicaciones que requería su incursión en el mundo moderno internacional, los gobiernos revolucionarios, y con ellos una amplia mayoría de la sociedad mexicana del siglo XX, se alinearon poco a poco al dictado de la irracional persecución encabezada por el gobierno de los Estados Unidos en 1911.29[Nota 29] Las medidas gubernamentales dirigidas propiamente a combatir el consumo de drogas en el país empezaron a tener efecto a partir de la segunda mitad de los años veinte. Desde entonces a la fecha, el principio prohibicionista ha regido la relación básica entre drogas-gobierno-sociedad.

Archivos consultados

Archivo Histórico del Ex-Ayuntamiento de la ciudad de México. Archivo de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, Fondo de Salubridad Pública, sección Inspección de Boticas. Archivo Venustiano Carranza-Condumex.

Hemerografía

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